Professional microphone recording voice in music studio

El costo de la locución, en general, depende del medio en el que se transmite debido al impacto que puede generar. No depende de la duración de la pieza ni del tiempo que tome grabar; ni siquiera, de la voz. Si el cliente te eligió, eres un profesional capaz de darle voz a su marca, servicio, institución o empresa; cualquiera que sean los motivos para haber tomado su decisión.

La locución se cobra por pieza que se muestra al público objetivo —sea particular o masivo— ya que cobramos por el uso y explotación de nuestra voz como esencia y distintivo para lo que te contrató el cliente. Los medios tradicionales tienen costos específicos por llegar de forma abierta a todo público y potencial cliente, y por eso no le había duda de los costos al cliente o a las agencias publicitarias o mercadotécnicas; lo mismo sucede con la comunicación interna de los videos empresariales o que van a pantallas o circuito cerrado. En todos le damos personalidad y peso a cómo escucha el destinatario el mensaje.

Sin embargo, Internet quedó en un vacío legal ya que su público no era tan amplio. Ahora pregunto ¿hay algo más masivo que la red? Creo que ahora nadie puede negarlo: además, gracias a la recopilación de datos del usuario final, llega a un público más específico, segmentado y enfocado con mayor probabilidad de adquirir los bienes o servicios, por lo tanto debe ser de lo mejor pagado, además que ya casi suplantó por completo a los medios abiertos (por lo menos en las esferas de capacidad adquisitiva más allá de lo esencial).

El problema con la locución, en general, es que se tiene la creencia que es solo grabar la voz; sin embargo, va más allá de eso.

Yo lo comparo con un deporte: todos pueden —a menos que tengan un impedimento físico— jugar fútbol en la calle, o pueden lograr llegar a llenar estadios para que los vean jugar e incluso para portar el nombre de marcas, productos, servicios e instituciones, incluso, representar a un país.

¿Qué establece la diferencia? El nivel de conocimiento, entrenamiento, desenvolvimiento, exigencia, compromiso y talento que tienen a los que les pagan por hacerlo de forma profesional. Quien no entiende la inversión en tiempo, esfuerzo, conocimiento, entrenamiento, compromiso y dedicación, cobrará lo que sea o aceptará cualquier ingreso extra por hacerlo. Otro punto para considerar es que muchos de quienes no cobran según los tarifarios tienen otra fuente de ingresos y no se dan cuenta que quienes nos dedicamos a este hermoso oficio, con esto pagamos renta, servicios, comida, ropa, escuela y demás detalles que son necesarios para vivir bien, no solo para sobrevivir.

La locución es un oficio que puede ser profesional o no como la carpintería: cualquiera puede comprar madera y “hacer” una mesa o una silla. Sin embargo, no todas las creaciones se sostendrán por sí mismas ni serán funcionales, duraderas a través del tiempo, ergonómicas o estéticas. He ahí también la diferencia entre un carpintero aficionado y alguien que hace ebanistería, es decir, el arte de la carpintería.

En la mayoría de Latinoamérica —salvo, por lo que sé, en Argentina— no hay una carrera como tal de manejo de la voz la cual sea un requisito fundamental para obtener una licencia y poder ejercer como profesional de la voz. Antes existía una licencia en México que después se convirtió en certificado y terminó por desaparecer; eso establecía un parámetro de calidad y fortalecía a un gremio que podía defender sus costos, derechos y temporalidades de pago y exposición. Ahora en muchos lugares surgen academias, talleres, talleristas, escuelas y otros intentos académicos, pero que no están regulados pedagógicamente ni cuentan con la exigencia o el aval de matriculación de un ente regulador; lo sostiene la experiencia de los docentes. Eso no asegura la educación ni el compromiso real de los nuevos talentos ante la responsabilidad de este trabajo, y mucho menos el cobijo legal ni regulador conforme a la ley en cuanto a pagos ni exposición de las piezas.

Un buen profesional de la voz sabe y aprecia el valor de su trabajo; conoce su herramienta de forma anatómica y práctica; la maneja para que represente y dé las intenciones que el mensaje y la marca, servicio o institución necesite; sabe decodificar el texto a nivel gramático, narrativo, emotivo, actoral, empresarial, creativo, mercadológico y publicitario; conoce de ritmos, respiraciones, aires y pausas, y logra —con todo esto— interpretar (no solo leer) lo escrito, y le da

vida a ese personaje que es la marca, servicio o institución con el sentido que debe dar el mensaje que quiere la empresa.

De esta misma forma lo comparo con un arte marcial, al principio uno tiene que pensar en cada parte del proceso que citamos con anterioridad; sin embargo, el estudio a consciencia y la práctica constante lo convierte en segunda naturaleza, por lo que alguien entrenado y experimentado lo hará de forma más rápida, eficaz y eficiente que alguien que solo cree que puede hacerlo solo por tener voz, o en el caso de las artes marciales, solo por el hecho de creer que puede hacer —por tener cuerpo– lo que vio en las series o películas.

Y ahora con el trabajo en casa también invertimos en equipo, espacios debidamente insonorizados, máquinas, programas, aplicaciones, efectos y conocimientos técnicos al menos básicos de grabación, edición y procesamiento de la voz. Esto se ha convertido en una ventaja, puesto que podemos seguir realizando nuestro trabajo desde casa, pero —también— cualquiera por el simple hecho de poder leer o hablar, lo hace sin saber todas las implicaciones, el valor y los costos.

También conozco que todo en este mundo que vivimos es una negociación y sé que (como me mencionaba una muy buena amiga) los “grandes jugadores” en el mercado como las corporaciones transnacionales, los networks y las grandes marcas, siempre han querido imponer sus precios debido al volumen de producción que manejan.

Pero, si no encuentran una resistencia unida, siempre tenderán a pagar menos y menos, sin importarles que los ingresos están asociados a talentos, gente, tiempos y a esfuerzos de negocios. De pronto olvidan que negociar es encontrar el mejor precio y conveniencia para todos los involucrados en el proyecto y no solo para el que paga.

No tengamos miedo en defender nuestro producto: ya me gustaría a mí decirle al de la tienda “hoy solo tengo la mitad para comprar tu producto, pero es muy posible que para la próxima te recupere dinero”, o decirle al casero que no sabemos cuando va a salir el pago del inmueble que ya estoy utilizando, pero que ya conoce el mercado de los agentes libres.

Por esta razón existen tabuladores o tablas de cotización que tienen el cobro mínimo, asociaciones sin fines de lucro y sindicatos gremiales, agencias de representación y casas de “casting” que defienden y promueven el oficio del profesional de la voz, ya sea en locución comercial, empresarial, actuación de la voz, de doblaje, caracterización, cuenta cuentos, narración, maestría de ceremonias, crónica, creación de personaje, canto y demás labores que nutren este gran oficio que todos los días lucha por ser más profesional.

Acérquense a su asociación local, regional, nacional o internacionales, y por lo menos entérense de los tabuladores, porque si queremos seguir viviendo de esto necesitamos respetar los costos por los que se ha luchado con el tiempo y que comprueban que se puede vivir de esto.

Y si quieren vivir de esto capacítense continuamente (actuación, canto, manejo de voz, decodificación de texto, gramática, fonosintaxis, etcétera); entrenen bajo la supervisión de un guía o un entrenador con experiencia en el medio y en la enseñanza, y que tenga el conocimiento suficiente para evitar que se lastimen y aseguren su desarrollo muscular y profesional; vayan al foniatra, vocólogo, fonoaudiólogo u otorrinolaringólogo para revisiones semestrales; acérquense con asociaciones, representantes y casas de “casting” que les aseguren sus derechos legales y pagos justos, y que nada de esto impida que les emocione su trabajo y se alegren por hacerlo, porque se puede que —como es mi lema— “nos paguen por divertirnos” mientras entretenemos a los espectadores y cumplimos con las necesidades de quien nos contrata.

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